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11 abr 2012

Campanadas

Hay una pregunta que solo se da cuando se han pasado ciertos límites de arte amatorio, una pregunta rítmica y burlesca, casi casi de confianza, que sí, siempre acompaña a esa incertidumbre que hay en la oscura rapidez de una travesura… ¿No has visto mis calzones?

Hay un momento en particular que disfruto mucho, ¿te lo digo? ¿Tengo que responderte que si? Bueno pues, me gusta cuando nos atardece desnudos y puedo escuchar las campanadas. ¿Por qué? No se gordo pero me gusta, quizás sea porque es para la misa de las siete. ¿Y? ¿Te ha dado por volver al catolicismo? ¿Se te hace tarde? ¿O cómo? No amor solo que cuando escucho las campanas, imagino a la gente que va a ir a esa misa, puedo incluso verlas ahí esperando en las bancas desde la primera campanada hasta la tercera, como hojean el misal mientras esperan, o miran a su alrededor viendo que tan llena esta la “misa de borrachitos”. ¿Y eso qué? Me regresa aquí, contigo, a tus brazos, al olor de tu cuello, a tu roce, a tu sudor, al recorrer de tus dedos, a tu respiración, al peso de tu cuerpo, a este secreto. Porque mientras afuera se escucha un mundo que sigue antiquísimas tradiciones. A mí me gusta pecar contigo…

13 oct 2011

Clinica de clones

Hoy empezare esta historia de la manera más sencilla, ¿por qué? Quizás porque hay muchas cosas que debieran de ser más simples…

Había una vez… una torre con una altura de 230.4 metros y 55 pisos, tenía además 4 niveles de estacionamiento subterráneo eso sin contar los otros 9 sobre el nivel de la calle, tenía más de 2,000 espacios de autoservicios disponibles. Estaba equipada con 29 ascensores con 2 escaleras de emergencias presurizadas, unidades automáticas que manejaban el aire acondicionado, sistemas mecánicos, eléctricos y de telecomunicaciones en cada piso. Cada piso contaba con una superficie promedio de 1,700 a 1,825 metros cuadrados, libres de columnas y con una altura libre de 2.70m de ahí que cuentan con 84,135 metros cuadrados de espacio para oficinas.

Pero todos esos datos no importan mucho para esta historia… en una de esas oficinas se puede ver a una mujer rodeada de una recepción y sala de espera en total blanco clínico. Donde solo hay un escritorio pos modernista, una silla ergonómicamente adaptable a l cuerpo de la joven recepcionista y una minimalista computadora; frente a ella una pequeña área lounche cuya función es que los pacientes esperen a ser llamados antes de sus citas, las cuales por lo regular tienen que ser acordadas por lo menos con 3 meses de anterioridad.

La mujer interrumpe su rítmico tecleo al ver traspasar la puerta de cristal opaco a un hombre de poco más de dos metros de altura. Justo al momento de su entrada. Con una sonrisa de un blanco azulado le dice. Buenas tardes señor ¿en qué puedo servirle? El hombre en dos paso atraviesa la salita de espera y se aproxima en toda su imponente presencia y con una voz tan grave que retumba. Si, Buenas tardes señorita, tengo una cita. Muy bien señor me da su número de cita por favor. El hombre con movimientos que no se saben si son lentos o alargados busca en su saco una pequeña libreta, la hojea un poco y entre los sonidos del papel al pasar de una página a otra, la voz vuelve a resonar. Es el 0479, 0409, 261. La mujer va tecleando en la computadora los pausados números. ¿Señor Rico, José Gael? Pregunto extendiendo el cuello a punto de la tortícolis. Pasa servirle señorita. Su cita en dentro de 15 min. ¿Me haría el favor de tomar asiento y esperar conmigo a que el doctor termine con su consulta anterior? Claro. Confirma el hombre alargando de nuevo las piernas pero ahora en dirección a la muy acogedora sala.

Antes de que pasen 7 minutos se abre la puerta a un lado de la recepcionista y de ella salen un doctor, bueno, se sabe que es su oficio por los zapatos cómodos, la bata blanca y un bordado sobre el bolsillo del pecho de la bata que dice en letra cursiva Dr. Salazar. Sale comentado con un par de gemelas, dos mujeres rubias, sumamente delgadas y con un cuerpo de envidia femenina. Un de ellas trae unos audífonos y la otra con la atención en el médico, que al parecer le da las últimas indicaciones.

Al salir de la escena estas dos mujeres el Dr. Salazar reconoce a su próximo paciente. Señor Rico, bienvenido que gusto volverlo a tener por aquí. El hombre se levanta e incorpora, saluda estrechamente a su médico y le sonríe gratamente. Pase por favor; señorita por favor tráigame del almacén el pedido del señor, está en el empaque que descargamos el martes. La mujer reacciona y le dice con cara de sorpresa tratando de parecer lo mas indiferente posible. Doctor recuerde que yo llegue aquí el jueves, yo no me encontraba el día del desempaque. Cierto Jimena, perdón, el pedido del señor está en la bodega de prototipos programados. Lo vas a reconocer.

La joven se levanta del escritorio y los dos hombres entran al consultorio que a diferencia de la sala de espera está recubierta de cuadros y reconocimientos en las cuatro paredes, con un escritorio al centro y un par de sillas.

Me da gusto que haya aprovechado la última visita, dígame señor Rico, ¿cómo han funcionado las cosas? Muy bien gracias Doctor, el prototipo anterior ha dado los resultados que yo esperaba, con decirle que en la oficina las cosas van de viento en popa voy en camino a un muy pronto ascenso. El hombre se ve gustoso de platicarlo y todavía con la voz de contrabajo concluye. Todo ha estado mucho más relajado. El doctor ya cómodamente instalado en su silla le sonríe y le asiente.

Se ven interrumpidos por la mujer que entra en la habitación acompañada de lo que pareciese el gemelo de perdido del hombre de dos metros. Este se levanta para ver a detalle a su pedido. El cual parece ausente y sin ningún pensamiento en la mirada. Y bien señor Rico ¿qué le parece? ¿Sabe doctor? dice el hombre muy sonriente. No deja de sorprenderme su trabajo. El doctor suelta una aullante carcajada. Pero Señor Rico si es usted mi mejor cliente, este es el cuarto de usted, que ha obtenido. Se corresponden en carcajadas y ahora los tres toman asiento.

La mujer pone sobre los oídos del prototipo unos audífonos abultados y sale de la habitación en silencio. El clon del hombre mira intensamente a su igual, tratando de absorber cada movimiento, gesto y ademanes, mientras el hombre se dirige al doctor. Creo que este será el último doctor, y la verdad es que no tengo quejas de su trabajo pero creo este ya me dará lo que busco. Y se puede saber ¿para que este Señor Rico? Bueno le confieso que de este tengo mis reservas puesto que se lo entregare a mi actual esposa, quiero reemplazarme, no le contare motivos, digo todos los tenemos, pero me los reservare. El doctor como un gesto amable apresuradamente le interrumpe. No se diga mas Señor Rico, yo solo cumplo con la calidad, el parecido y la semejanza de mis prototipos de clonación para mis clientes. Ya la implementación de estos corre por parte del paciente; creo que solo me queda recordarle la delicadeza del proceso de programación que empieza desde este momento y durante los siguientes 4 días, recuerde que el Prototipo ya tiene instalado el material que usted nos entrego solo queda la ambientación e implementación.

El hombre mientras escucha, se siente con la seguridad suficiente y la experiencia del tema que están tratando, la charla continua así unos minutos más. Hasta que entre sonrisas agradecimientos y un cargo a una tarjeta de crédito la visita al consultorio termina. Y ahora los gemelos que juntos sumarian los cuatro metros de altura salen al mismo paso a la recepción acompañados del doctor de nuevo sonriente y haciendo la invitación a su pronto regreso. En la recepción la secretaria sigue tecleando mientras otra mujer espera su turno en la sala parada en el ventanal. Los hombres salen de la clínica de clones y se cierra la puerta. El doctor se da la vuelta y le dice a la mujer del ventanal. Adelante Jimena, puedes pasar. Esta responde al saludo volteando y así puede verse en ella la misma cara de la recepcionista solo que con un maquillaje menos neutral, se podría decir que más festivo.

Ambos entran en el consultorio mientras la recepcionista sigue en su eterna captura de datos. En cuanto se cierra la puerta se lanzan uno en los brazos del otro. Y entre besos y caricias, surgen las preguntas cotidianas. Mi amor ¿cómo ha estado tu día? Muy ajetreado. Le responde el. De hecho este último señor que acaba de salir, creo puedo tener un problema con él. Le comenta en tono de decepción mientras se sienta en su silla con ella recargada en sus piernas. ¿Por qué amor? ¿Salió algo mal con el físico del prototipo? No para nada, el físico como siempre es perfecto, lo que pasa es que me comento que el clon es para su esposa y pues tu sabes cómo ha sido en caso anteriores con esposas.

Los cariñosos amantes siguen charlando mientras en una de las plantas de estacionamiento de la torre los gemelos de 2 metros suben a un coche, se acomodan dentro de el y se abrochan los cinturones. Te llamas José Gael Rico, dice el hombre con la voz grave que le caracteriza y de una manera que no puede sonar menos autoritaria le ordena a su prototipo, mientras arranca el coche y emprende en reversa. Repite tu nombre.

Del prototipo se escucha. ¡José Gael Rico! Con una voz tan chillante que corto los tímpanos del hombre al punto de frenar en seco su marcha.

FIN



4 jun 2010

Como todas esas noches

Esa noche un viento cálido ondeaba las cortinas, la luz de la luna dejaba en transparencias cada una de sus sonrisas; una complicidad en silencio que una y otra vez en un puñado de caricias nos dejaba huella en la conciencia; de su boca, como todas esas noches escapo de nuevo esa pregunta, ¿Te volveré a ver?

26 mar 2010

"Acuerdate" Juan Rulfo

Por ahí he escuchado que este cuento de Juan Rulfo ocasiona debates, todo por el Árbol genealógico que se va desenredando en el mismo.
Juan Rulfo al ser uno de mis Favoritos y mi excesiva curiosidad me llevaron a hacer mi propio organigrama.
Aquí les dejo el cuento que más bien es un monologo.
(Y solo para aclarar, Juan Rulfo junto a Pedro Paramo y su Infierno en Cómala, fueron los causantes de mi primer libro robado de una biblioteca, esto lo digo para que no afirmen que no conozco a mi Juanito, jeje)

Acuérdate
Juan Rulfo

Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el "rezonga ángel maldito" cuando la época de la gripe. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos "el Abuelo" por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba un ataque de hipo, que parecía como si estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban fuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Esa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.

Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre música y coros de monaguillos que cantaban "hosannas" y "glorias" y la canción esa de "ahí te mando, Señor, otro angelito". De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.

La debes haber conocido, pues era muy discutidora y cada rato andaba en pleito con las vendedoras en la plaza del mercado porque le querían dar muy caros los jitomates, pegaba gritos y decía que la estaban robando. Después, ya pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña "para que se les endulzara la boca a sus hijos".

Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.

Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en el bolso: canicas ágata, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos. Nos traficaba a todos, acuérdate.

Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió tonto a los pocos días de casado y que Inés, su mujer, para mantenerse tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas refinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.
Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.

Quizá entonces se vio malo, o quizá ya era de nacimiento.

Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre el rizón de todos, pasándolo por una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándolos a todos con la mano y como diciendo: "Ya me las pagarán caro".

Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.

Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.

Dicen que su tío Fidencio, el del molino, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.

Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en la banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente.

Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando las campanas todavía estaban tocando el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos y la gente que estaba en la Iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín donde se estuvo tendido.

Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.

Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.

Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

FIN

4 feb 2009

Un cuento que no recuerdo

Hoy recorde un cuento,
el cual siento que jamas termine
tal ves sea solo un sentir;
ni siquiera tres palabras,
mucho menos una frase.

Entiendo que las cosas pasan sin saber por que,
se que el destino es ese sueño que nos da razones;
busco respuestas como todos aqui
y tambien malgasto tiempo en frustraciones.

Hoy supe que hay otra vida detras de mi,
esa que jamas se dio por vencida
esa que poco a poco me devuelve cachos de imaginacion.

No logro descifrar de que trataba mi cuento;
tal ves era una esperanza, una meta o un anhelo
puede que sea solo un recuerdo,
uno que no me olvida y que quiere de mi ese sueño...

29 ene 2009

Muchas preguntas

Muchas preguntas...

Se puede hacer?
Es posible?
Que tengo que hacer para lograrlo?
Como?
Que es realismo?
En que momento lo juzgas de pesimismo?
Por que?
Optimismo?
Donde?
Hasta donde?
Vale la pena?

Son todas preguntas de reproche?

Vean este vídeo tal ves responda algunas, a mi me encanto...

Podcast "La pequeña soñadora"

Mitos sobre la luna y Jaime Sabines "Imaginantes"

Se podra???